lunes, 16 de abril de 2012
HOMENAJE A MARIÁTEGUI
Por Julio Yovera B.
Mucha antes que arreciara el huracán neoliberal, los intelectuales migraron de la izquierda a la derecha y no retornaron más. Se sacudieron de sus orígenes porque pensaron que el socialismo era un edificio que se desmoronaba y todo atisbo de él era como bañase de terral y polvo. El fundamentalismo anarquista también puso su cuota y tiene una responsabilidad histórica en esa estampida.
José Carlos Mariátegui Lachira, el fundador del socialismo en el Perú representa el maestro y el guía. En este mes de Abril en el que se recuerda su partida, los que nos quedamos en este lado de la orilla, le dedicamos estas líneas a su memoria. Lo hacemos desde un ámbito poco estudiado de su vida: el de su ejercicio docente.
José Carlos Mariátegui La Chira nació en Moquegua el 14 de Junio de 1894. Es la síntesis de dos culturas: la hispana y la ancestral. El apellido Mariátegui tiene origen vasco y está ligado a la historia y la leyenda. En la sociedad española los primeros Mariátegui se hicieron merecedores al aprecio y afecto de los sectores patrióticos que resistían y hostilizaban a los invasores que ocuparon la península ibérica por largos siglos. En la guerra por expulsar a los árabes de España, un patriota de los miles que tuvo esta sociedad, recibía un saludo que era a su vez un deseo del fervor creyente de la época: que María te guíe. De esa expresión proviene el apellido Mariátegui.
A su vez, el apellido La Chira proviene de Lacchir Arac, expresión verbal de la cultura ancestral tallán que traducido al español significa: gran nadador. Esta cultura se desarrolló en la costa norte del país, desde Tumbes hasta Olmos, su capital fue Ñari Walak, del señorío de Catac Ccaos, (Villegas, 1982).
El padre, Francisco Mariátegui Requejo, no ostentó poder alguno, tampoco tuvo presencia permanente ni relevante en la vida de sus vástagos y murió muy tempranamente, en 1907. La madre, María Amelia La Chira Ballejos, provenía de la etnia tallán. Su padre llegó desde Catacaos a Huacho; formó una familia y tuvo entre sus hijas a quien años después sería la madre de José Carlos, Guillermina, y Julio César. Siendo casi un niño, José Carlos, tuvo que hacer frente a la dura lucha por su sobrevivencia, la de sus hermanos y de su madre.
Tarea durísima para cualquier adolescente, y heroica si se tiene en cuenta que un accidente, adquirido en su niñez, lo postró en una cama y le impidió ir a la escuela a cultivarse o formarse como lo hace cualquier ser de su edad. José Carlos tuvo que insertarse a una actividad laboral y lo hizo en el ambiente periodístico, que resultó siendo su escuela y universidad. Desde el mundo del trabajo se fue posesionando de un conocimiento y de una cultura superior.
Pese a todas las dificultades económicas y las limitaciones físicas que se dieron cita en su vida, José Carlos Mariátegui es el intelectual mejor logrado y el que, como ningún otro de su tiempo, estudió el país. Esto ya es bastante. Pero, además, Mariátegui fue el intelectual marxista más destacado de América Latina, no solo porque logró una sólida formación teórica, sino porque es un ejemplo de genialidad y maestría en la aplicación del método dialéctico en sus estudios e investigaciones, como también un organizador hábil y solvente de los marxistas, los trabajadores y el pueblo.
Sin él, las comunidades culturales, académicas, gremiales, políticas partidarias del cambio y de la izquierda, carecerían de un referente intelectual y moral, que guíe y motive la marcha hacia el logro de una patria plena de logros económicos y sociales. La creación heroica gravitante y la más trascendente de Mariátegui, fue sin duda la fundación del Partido Comunista, que por razones específicas, ateniéndose al periodo político que le tocó vivir, denominó Partido Socialista, pero dotándola de principios y de un espíritu, que no dejan la mínima duda: el Partido que creó obedecía a una concepción y un método: el marxismo leninismo, que en Mariátegui no era un cliché sino una teoría del conocimiento y un método para estudiar e interpretar la realidad.
Porque Mariátegui fue transparente y consiste, coherente y consecuente, los sectores oscurantistas, lo atacan; pero sus dardos no lo alcanzan, lo que los vuelve rabiosos, y llegan hasta la paranoica cuando recuerdan que este hombre tuvo su propio camino formativo: el autodidactismo. Efectivamente, como consecuencia de un accidente que sufrió dentro de la escuela (1912), durante cuatro años tuvo que vivir postrado en una cama y se fue cultivando por interés propio. De él no puede decirse que su educación anduvo bien hasta que fue a la escuela, acaso vale la pena decir que su educación fue muy buena y siempre anduvo bien porque nunca fue a la escuela. Su educación se la dio él y todo indica que fue un maestro exigente de sí mismo.
En su condición de difusor de los acontecimientos y sucesos de su tiempo se hizo cronista. Posteriormente, después de su retorno de Europa, en marzo de 1923, interesado por explicar y argumentar sus ideas, se hizo organizador y guía de los sectores y clases sociales que aspiraban al cambio. Por esa razón, el poder lo combatió sin hacerle concesión alguna. Como señalan los estudiosos de su vida y de su obra, si Mariátegui hubiera sido solamente el cronista de la vida cotidiana de la frívola Lima o el comentarista de la agenda parlamentaria, o el propagandista de los políticos del sistema o del redactor de la sociedad “culta”, su vida hubiera transcurrido sin mayores sobresaltos, pero entonces Mariátegui no hubiera sido lo que fue, ni sería lo que es. Con sus escritos y sus actos, con su teoría y su acción, combatió el orden existente y afirmó una alternativa socialista “sin calco ni copia” para el país.
Por atreverse a recorrer ese camino fue vigilado, perseguido y condenado a la estrechez material, pero, además, encarcelado. Pagó el “delito” de su consecuencia y sin embargo supo mantener inhiesta su convicción. Insistió cuantas veces fue necesario, que el marxismo que asumió de manera explícita en el viejo continente, no es solamente una teoría, sino un método de estudio e interpretación de la realidad. Su vida se nutrió de un gran ideal y éste se nutrió de la inteligencia y desvelo de Mariátegui. Cultivó dos cualidades reconocidas como sinónimo de capacidades, dominios y habilidades, necesarios para el empoderamiento del conocimiento: el auto aprendizaje y la autodidáctica, sin los cuales no es posible trazarle objetivos a los procesos y sistemas educativos:
El auto aprendizaje es la capacidad para adquirir saberes, conocimientos, actitudes y métodos programados, que hacen posible el “aprender a aprender” sin la ayuda del docente. Es difícil. El paradigma histórico cultural, que se basa en el materialismo dialéctico e histórico, sostiene que el aprendizaje formal, sobretodo el que se da en la zona de desarrollo próximo (Vigotski, 1990) requiere del mediador cultural, es decir, del maestro. Esa es una de las fortalezas de la identidad deontológica del profesional de la educación. La pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿qué hizo posible que Mariátegui pueda prescindir de él? No encontramos otra explicación que no sea la que corresponde a la de su desmedido interés en aprender, lo que le otorgó a su vez una extraordinaria voluntad. Ese fue el proceso que lo llevó a convertirse en el hombre multidimensional que reconocemos y admiramos.
El auto aprendizaje sistemático lleva al ser humano al auto didactismo. El autodidacta es el sujeto que planifica las estrategias didácticas de su propia enseñanza. Este proceso tiene que ver con la unidad dialéctica: enseñanza – aprendizaje. No hay un sujeto que enseña si es que no hay un conjunto de sujetos que aprenden, y viceversa. La autodidáctica es un proceso de enseñanza - aprendizaje, cuyo objetivo es emprender el proceso de auto aprendizaje de una manera eficiente y solvente. Estas capacidades permiten a los seres humanos educarse en un nivel básico, vale decir adquieren conocimientos generales, de sentido común y también puede darse en niveles intermedios y avanzados. Este último tiene que ver con formas de conocimiento superior, que conducen al desarrollo de habilidades de análisis, síntesis, crítica y creatividad.
Lo extraordinario de Mariátegui no consiste solamente en el hecho de auto aprender y hacerse autodidacta, sino que, a su tiempo, se convirtió de autodidacta en docente. No solo lo fue en sus escritos, sino que desarrolló una práctica docente que bien puede servirnos como referente a los que hacemos docencia de manera cotidiana y formal. José Carlos careció de maestros. No tuvo la oportunidad de tener guías o mediadores o formadores, lo que le permitió acceder a las fuentes del conocimiento y la cultura de manera directa: libros, diálogos y la sociedad misma, que, en cierta forma, le significó una ventaja pues estudió sin parámetros y sin guías didácticas. Eso es lo primero que resaltamos de su formación.
Pareciera forzado o arbitrario referirnos a la condición docente de José Carlos Mariátegui. Se le ha estudiado y valorado su condición de periodista, intelectual, ideólogo, líder político, pero aún no se ha empezado, en serio, a estudiarlo e investigarlo en su experiencia y práctica docentes. La omisión no hace más que reflejar una deficiencia de los sectores de izquierda, que han descuidado la teorización de la práctica educativa y cultural que han surgido en las organizaciones populares. La visión economicista, sanchopancismo la llamaba él, es una de las deficiencias más extendidas en el movimiento sindical y popular, no obstante que la educación y la cultura son fundamentales en los procesos de formación y creación de una concepción alternativa al orden existente. Siguiendo la línea de su pensamiento: “un proletariado sin más ideal que la reducción de las horas del salario, jamás será capaz de emprender una empresa histórica” (Mariátegui, 1980).
Se trataba entonces de educar a los sectores populares, de dotarlos del pensamiento y de la herramienta que los convierta en sujetos sociales protagónicos en la construcción de una nueva sociedad. Este ideal no es exclusivo de la sociedad peruana, en otras latitudes, en sociedades de otros continentes, la conciencia es lo primero que tratan de formar las tendencias y organizaciones que aspiran a un cambio auténtico. Los docentes cumplen, en ese sentido, un papel en verdad decisivo.
Desde los tiempos más remotos de la civilización los padres y los mayores cumplieron lo que hoy podríamos llamar una función docente. Docencia proviene del latín docere, que significa “enseñar” o “guiar”. En los tiempos de las comunidades primitivas la actividad educativa era un hecho espontáneo “de la vida por medio de la vida”. En la medida que las sociedades fueron evolucionando la educación se institucionalizó en función de los grupos y clases sociales. Los niños y los jóvenes se formarían en adelante en los ámbitos que les correspondían y en todo ese proceso surgieron hombres con funciones específicas, una de ellas era la de enseñar. En la vieja sociedad esclavista, convertida ya en una sociedad con existencia de clases antagónicas, los docentes que se dedicaban a preparar a los hijos de las clases sociales poderosas en el arte de gobernar; eran los docentes personas que pertenecían a los sectores privilegiados y generalmente cumplían también funciones religiosas o sacerdotales; en cambio los sectores populares tenían como maestros a los artesanos o esclavos. Es obvio que dichos docentes eran gente del sector popular (Ponce 1990).
José Carlos retornó de Europa en marzo de 1923. Como sabemos, su viaje no fue más que una deportación disimulada impuesta por el dictador Augusto B. Leguía. Sin embargo, la estadía en el viejo continente la aprovechó muy bien. Estudió la crisis de la posguerra y la crisis del capitalismo. Vio la perspectiva del movimiento comunista internacional y el agotamiento de las tendencias reformistas. Apreció como ningún el arte y la cultura emergente.
Estudió la teoría del socialismo científico. Analizó las condiciones de los movimientos nacionalistas que surgían en las sociedades coloniales y semi coloniales. Y, sobretodo, asimiló el marxismo. Ya en el Perú, en la perspectiva de ir sentando los cimientos angulares de su proyecto histórico, se hizo docente.
Parte de sus objetivos específicos y de mediano plazo, era motivar e interesar a los obreros y estudiantes en el conocimiento de los fenómenos sociales del Perú y del mundo, acercarlos a sus ideales e ir sentando las bases del socialismo peruano. No solo asimiló para su estudio sino que también transfirió conocimiento. Se interesó en lograr que sus alumnos adquieran doctrina y teoría; trató que acopiaran información; que se hagan de un método y que contribuyan a la organización de su clase, lo que sólo sería posible en tanto se lograra un ambiente de reflexión, de estudio y de debate.
En el lenguaje de la pedagogía científica, histórica y cultural de estos tiempos, Mariátegui no sólo teorizó y analizó sobre educación e instrucción, conforme al método marxista, sino que enseñó y motivó para que sus alumnos “aprendieran a aprender”, y que conocieran para transformar. Su práctica pedagógica no se limitó a los ámbitos de las experiencias de la educación pública o la educación formal. Su experiencia se basó en una práctica que buscaba hacer de los trabajadores sujetos históricos conscientes de su propio proceso de aprendizaje. La propuesta de educación que formuló Mariátegui la hizo obviamente desde su concepción marxista y desde una propuesta de modelo pedagógico que llamó autoeducación. En este enfoque, que ha pasado desapercibido tanto por los especialistas, los sectores de izquierda y aún por los maestros, plasmó algunas líneas matrices, estrategias, métodos y didácticas que nos permitiremos sistematizar en próximas entregas.
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